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Madre

Es bueno saber que existe al menos este día. Un día en toda mi vida, en que puedo expresarte cuanto te quiero y te amo. A veces es difícil, recordar ya después de tanto tiempo cuanto has significado y cuan valiosa has sido tú en mi vida. Y cuanto, vas a simbolizar el día que amargamente lo único que pueda abrazar con mi memoria, sea tu recuerdo.

He leído miles de cartas para poder expresarte fielmente lo que siento. Pero, creo que no existe ninguna que pueda orientarme para decirte lo que te quiero expresar. Recuerdo, cuando niño los barcos de papel flotando en la fuente; cuanto me gustaban. Y lo triste, que me ponía cuando se hundían a consecuencia del agua. Y tú, con tu casta paciencia volvías hacerme otro barco de papel sin importarte el tiempo que te llevara. Sólo, para ver estampada en mi cara de niño, una sonrisa. Siempre me decías, así como el barco lucha contra la corriente, así debemos luchar nosotros en la vida. A veces, estoy cansado de luchar y de admitir tantas injusticias, tantas cosas tristes que no vale la pena ni mencionarla. Pero siempre, tu palabra sabia, tú consejo, tu aliento, tus detalles inesperados y tu fortaleza han sido mi guía. Y eso, no tiene precio ni fortuna en cielo o tierra, que valga.

, me enseñaste de niño que Dios no tiene color de piel. Ni que existen diferencias entre los hombres. Que los caramelos fueron creados para endulzar los tristes y alegres momentos de la vida y que los niños vienen en el pico de una cigüeña, desde París. Que el ratón Pérez, se encuentra escondido detrás de los hilos de estrellas de un pequeño zapato. Y que cada niño, es el reflejo del alma. Y que el alma, son los ojos de la vida. Y la vida, son sonrisas y las sonrisas, son la música del mundo. Realmente, siendo sincero creo que cada hijo en este mundo tiene que estarle agradecido a su madre, por cada cosa que ha hecho por él o por ella. Por cada te quiero, por cada abrazo amable y cálido en los días de frío y de tormentas que hemos pasado en la vida. Tú me repetías insistentemente, que en cada mujer veras a tu madre. En cada sacrifico, en cada llanto y esfuerzo, veras el corazón de tu madre. En la caricia del alma, en los besos, en los abrazos de oso, en los buenos días. En mis sueños e ilusiones, en mis amores veras a tu madre. Porque una madre, siempre hará lo mejor para sus hijos. Y honrar, respetar y defender a una mujer, es proteger a tu madre.

Fueron tantos tus sacrificios, para comprarme aquellos zapatos que quería. O aquella guitarra que vimos en esa pequeña tienda. Eran esos poemas de Alberti y de Neruda que me recitabas en tus piernas, sin conocerlos. Fue el  trasnocho que pasaste a mi lado vigilando mi sueño, cuando estaba enfermo o me sentía mal. Son los dibujos que me hacías, para plasmar en ellos un castillo hermoso donde papa y mama eran los reyes. Son libros que me compraste para darme la mejor educación posible a costa de tus pequeños lujos. Era, el Claro de Luna de Debussy que me tocabas en el piano de la casa, solo para imaginarme la belleza de las estrellas como un astronauta. Son, tantas cosas hermosas y fuertes que inculcaste en mi alma. Que no existen rosas rojas, que puedan coronar tu cabeza blanca para ser siempre lo que serás para mí, una reina.

A pesar, de que no te gustaba mi carrera. El día que me gradué, me llevaste a parte en medio del acto académico, y me abrazaste. Y me dijiste, cariñosamente al oído regalándome una medalla de mi abuelo: “La patria me dio un hijo, y hoy, le devuelvo a un abogado. Para que la defienda, y honre con hechos cuanto le he enseñado…”. Era tu aceptación implícita, de apoyarme pese a todas las dudas y miedos que llevabas por dentro ese día. Y que gallardamente callaste, al escoger yo una carrera, que no era de tu agrado. Y que sabes, que llevaba implícitamente un riesgo.

Yo no sé, si es normal en estos tiempos que los hijos les escriban cartas a sus madres. Ni menos, que la hagan pública por aquellos conceptos pragmáticos  que llama “el modernismo y la vida privada”. Tal vez lo hago, no solo por expresar un sentimiento del cuál me siento muy orgulloso. Sino, porque tal vez soy como aquel pequeño barco de papel que tú construía con tus manos, para ir contra la corriente en la fuente de la vida. Yo no sé si hago bien, al expresarte públicamente cuanto te adoro y te quiero, madre. Ya Chopin no escribe nocturnos y Liszt ya no interpreta Liebestraum – Sueño de amor. Ya Aquiles Nazoa, hilvana poemas en el cielo a la loca luz caraballo con un ramo de violeta y Charles Chaplin resucita cada noche en el corazón de los hombres junto con el amolador de la fábrica de estrellas, para cantar “Candilejas” con su voz en blanco y negro. Y las únicas notas que nos unen a demás del viejo piano de la casa, son tus abrazos, tus sonrisas, tus regaños que nunca faltan y mis te quiero.

En estos tiempos, llaman a las madres súper mujer o cuatro por cuatro. Realmente, no se si sería apropiado llamar así a una dama. Yo prefiero, llamarte como te he llamado siempre toda mi vida, madre.  Porque entre todos los títulos del mundo, es el único que es otorgado por la vida con la gracia divina de Dios. Y no existe ninguna universidad del mundo, a donde se gane con las más altas calificaciones ese título. Espero, algún día poder ganarme ante ti el grado más alto que puede tener un hombre en la vida. El de poder, ser llamado hijo con el más humilde de los honores. Que Dios te bendiga, te de salud y te permita estar este día y siempre  con nosotros.  En nuestro corazón, en nuestra alma, en nuestro verbo y en tu santa palabra como aquella vieja canción de Agustín Lara. Y que las estrellas, las nubes y todo el cielo, se vistan y conspire con sus mejores sonrisas este día para ti.  Para que puedas guiarme siempre, con tu palabra noble, con tus besos cálidos y con los abrazos que siempre llevaré en mi alma.

Le doy gracias a Dios, por haber sido bendecido con tu amor. Digamos los dos como Benedetti: “No te rindas, por favor no cedas. Aunque el frío queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se esconda y se calle el viento …”

Sincera y profundamente, tu hijo.

Feliz cumpleaños.  José A.

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